Genuino amor

Genuino amor

En una cultura tan artificial y superficial como la nuestra, lo más normal es que nuestro concepto de AMOR se haya deformado. Una pequeña prueba de esto es que hoy interesa más la belleza exterior y las apariencias, que como son las personas realmente.

Los creyentes contemporáneos no somos la excepción, estamos llenos de demandas, “exigimos y exigimos”, y con facilidad nos convertimos en “victimas” porque, supuestamente, no estamos recibiendo lo que debemos recibir. Olvidamos que fuimos llamados a dar, a no cansarnos de hacer el bien y que “allá afuera” hay un mundo que se pierde mientras nosotros caminamos carcomidos por el egoísmo. Pero nuestros males van mucho más allá. En medio de la ya descrita marejada de insensibilidad (mediocridad espiritual), navegamos y navegamos buscando respuestas que lógicamente no encontramos,  terminamos angustiados, insatisfechos, centrados en nuestra problemática, deprimidos, y lo peor, enojados y culpando a otros de nuestra realidad. Esto nos impide cultivar un genuino arrepentimiento y así ser sanados (Mateo 13. 14-15). Todo sería distinto si amaramos, si estuviéramos centrados en el día a día en dar.

La bola de nieve sigue creciendo, a todo lo anterior le añadimos un ingrediente que necesariamente aparece en estos procesos de endurecimiento: Nos especializamos en ver fallas, caminamos con el detector de errores y no vemos nada bueno. La Biblia es clara cuando habla de las señales de los últimos tiempos: “El amor de muchos se enfriara”.

Si amamos a los nuestros, aunque les duela, debemos decirles la verdad. Imaginémonos ese cuadro de Mateo 16… “Jesús diciéndole a Pedro: Apártate de mí Satanás”. ¿Por qué hablo o trato tan duro a Pedro? Indudablemente porque lo amaba. La palabra nos enseña que el Padre que no disciplina a sus hijos es porque no los ama.

¿Qué es entonces el amor? ¿Abrazar? ¿Besar? ¿Un Romanticismo superficial? ¿Llenar a otros de lisonjas para que nos quieran? ¿Decirles a los demás lo que quieren oír? Definitivamente no.

Si decimos que amamos a otros, pensemos en su crecimiento, pensemos en su futuro, “corramos el riesgo de que nos rechacen diciéndoles la verdad en amor”. El libro de Deuteronomio nos enseña que aquel que nos ama con un amor perfecto, nos aflige y nos prueba con el propósito de hacernos bien (Dt. 8.16).

Con amor,

Jorge Mariaka

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